lunes, 9 de enero de 2012

Inocencia.

“¡No te quiero, no te quiero nada!” “¡Casarme con vos fue el peor error de mi vida!” “Me voy, me voy y no quiero que me vayas a buscar.” Esas son algunas de las frases que nunca voy a olvidar. Esas que escuché siendo tan chica. ¿Qué podía entender? ¿Por qué peleaban en frente mío? Si papá era el peor error de su vida ¿yo soy un error?“¿Por qué mami se iba con una valija?¿Por qué gritaba? Seguramente iba a visitar a mi abuela, le pidió a mi papá que no la fuera a buscar ¿quería tomar un taxi?¿Por qué lloraban los dos?“ Inútiles conclusiones,  preguntas con respuestas más que obvias . Tenía siete años, ¿qué más podía pensar?
 Pasaban los días y mamá no volvía. Papi lloraba todos los días y decía que pronto volvería mamá. Yo le explicaba que no tenía de qué preocuparse, que mami probablemente estaba de visita en la casa de la abuela. Incansablemente le recordaba que debía llegar para comer juntos el Domingo,  iba a llamar a la abuela para que le diga a mami que los dos la queríamos mucho y la extrañábamos. Terca, seguramente a mi papá la partida de mi mamá le dolía el doble con los inútiles consuelos que su hija de siete años creía darle. Mami no llegó a comer ese Domingo, en realidad, mami no vino ningún otro Domingo, mami no vino nunca más.

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